domingo, 11 de marzo de 2012

Carta a mi hijo

Hijo mío, hemos tenido que enseñarte entre todos como hemos podido para que no crecieras como un analfabeto funcional. Hemos tenido que decidir pasar muy poco tiempo contigo porque la alternativa era no poder darte de comer. Hemos tenido que echar mano de remedios caseros cuando has caído enfermo y rezar a un Dios en el que no creo para que no desarrollases cualquier cosa más seria que un catarro.

Yo y tu madre lo tuvimos mucho más fácil, en nuestra época aprendiamos en una escuela que solía estar cerca de casa, no a 20 kilómetros como ahora, y donde rara vez éramos más de 30 por clase. Luego fuimos al instituto e incluso a la universidad (aunque he de reconocer que eso no nos sirvió de mucho a la mayoría). Nuestros padres, con todos sus problemas, podían aspirar al menos a tener un hogar con una cierta estabilidad, sin preocuparse pensando dónde irían a trabajar al día siguiente o cuanto les pagarían por pasar todo el día fuera de casa. Algunas veces, asómbrate, incluso no hacía falta que trabajasen los dos para mantener la familia entera. Si caíamos enfermos nos llevaban a un médico y nos daban medicinas. Tienes que entender, aunque sé que te costará hacerlo, que los abuelos no eran ricos a pesar de lo que te estoy contando. Simplemente en aquellos tiempos todos teníamos derecho a la educación, a la sanidad y a un sueldo digno por trabajar.

Sé que oirás que todo aquello se perdió por culpa nuestra y la verdad es que no puedo negarlo. Nadie de mi generación puede hacerlo.
Te contarán que lo perdimos por vivir por encima de nuestras posibilidades, por no producir lo suficiente, por endeudarnos en exceso, que se acabó la fiesta y hubo que pagar la cuenta, que aún hoy la estamos pagando. No te dejes engañar. Sí, nosotros y nadie más fuimos los culpables de llegar a esta penosa situación en la que has tenido que crecer, pero no fue por derrochadores sino por cobardes, por no luchar lo suficiente para conservarlo, porque aún teníamos luz, agua corriente, televisión, internet y fútbol. Preferimos adaptarnos, como se adapta un rebaño de corderos al subir en el camión que les llevará al matadero, antes que cortar unos cuantos cuellos a tiempo. Éramos tan civilizados, estábamos tan anestesiados, tan cómodos, tan mansos, tan apesebrados, que no solo no fuimos capaces de levantamos por el futuro de nuestros hijos (te ruego que me perdones), sino que no nos dimos cuenta de que ya no había nada que perder hasta mucho tiempo después de haberlo perdido.

Lo siento hijo. Lamento haber actuado como lo hice.

Aún no soy demasiado viejo, pero sé que me queda poco tiempo (aprendimos que no hace falta una guerra para reducir drásticamente la esperanza de vida, basta con eliminar la asistencia sanitaria) pero me iré con el consuelo de pensar que tal vez vosotros sí estaréis preparados para hacer lo que debéis hacer, porque no habéis conocido todo lo que nosotros perdimos, y cuando no conoces más que pobreza y miseria no existe el miedo. Lo único que lamento es que no podré ver el momento en que os alzéis y paséis a cuchillo a los descendientes de los hijos de puta que perpetraron la mayor estafa de la historia de la humanidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario